Y en el principio, todo era gas, polvo, frío y una profunda oscuridad...

... Hace 5 mil millones
de años, el Sol y su inmensa y variada corte de mundos
eran apenas una promesa. Una masa informe de hidrógeno
y helio, apenas salpicada por elementos más pesados.
Un desprolijo amasijo de materiales crudos, perdido en un
rincón de una galaxia, una de las tantísimas
que apenas distraen al universo de sus descomunales vacíos.
Lentamente, la gravedad fue tomando las riendas de la situación,
probablemente ayudada por la onda de choque de alguna supernova
cercana. Y así comenzó a forjarse una estrella,
y a partir de los restos de su formación, una multitud
de incontables cuerpos menores. Durante siglos, el origen
del Sistema Solar fue uno de los misterios más grandes
y apasionantes de la astronomía. Y si bien es cierto
que, muy a grandes rasgos, fue un proceso descripto hace
más de dos siglos, sus detalles más finos
recién pudieron delinearse durante las últimas
décadas, a fuerza de observaciones telescópicas
muy precisas, misiones espaciales, y complejas simulaciones
por computadoras. Más allá de ciertas zonas
algo difusas, hoy en día es posible entender los
mecanismos que dieron nacimiento al Sol, los planetas (y
sus lunas), los asteroides y los cometas. Y por qué
son cómo son, y están dónde están.
La hipótesis
nebular
En 1755, el mismísimo
Immanuel Kant puso las bases para el modelo moderno de la
génesis del Sistema Solar. Kant propuso que todo
había comenzado a partir de ciertas irregularidades
en la distribución de los materiales que flotaban
en un universo joven. Irregularidades que, gravedad mediante,
fueron originando grumos de gas y polvo cada vez más
grandes y masivos, que, de a poco, formaron discos en rotación.
Uno de esos discos, daría origen al Sol y a sus acompañantes.
Mas allá de ser esencialmente correcta, la idea de
Kant no trascendió demasiado. Cuarenta años
más tarde, en 1796, el francés Pierre Simon
de Laplace dio el paso siguiente, cuando presentó
una maqueta explicativa más pulida: la ahora famosa
"hipótesis nebular". Decía mas
o menos así: el Sistema Solar nació de una
nube de gas y polvo que se fue comprimiendo por su propio
peso, girando cada vez más deprisa. En su zona central,
y acaparando la mayor parte de los materiales, nacería
el Sol. Y a su alrededor, distintos anillos de materiales,
concéntricos y desprendidos durante el proceso, terminarían
por consolidarse en planetas y otros cuerpos más
chicos. Lo cierto es que, más allá de su aporte
teórico, estas ideas pioneras de Kant y Laplace carecían
de las imprescindibles evidencias observacionales: nadie
había visto un solo sistema planetario de carne y
hueso en plena formación. Para eso, hubo que esperar
más de dos siglos.
Sistemas en formación
Durante la década
de 1980, los astrónomos comenzaron a cosechar evidencias
muy claras que permitieron fortalecer y enriquecer dramáticamente
a la hipótesis nebular. En 1983, el satélite
multinacional IRAS (Infrared Astronomical Satellite) descubrió
que algunas estrellas cercanas emitían más
luz infrarroja de lo normal. Enseguida, comenzaron las especulaciones,
y casi todas ellas apuntaban en la misma dirección:
ese exceso de radiación infrarroja podía explicarse
mediante la existencia de enormes (y calientes) anillos
de materia alrededor de las estrellas. Al año siguiente,
astrónomos del Observatorio de Las Campanas, al norte
de Chile, revelaron algo mucho más concreto: una
de las estrellas en cuestión, llamada Beta Pictoris,
tenía a su alrededor un colosal disco de materia,
de 30 veces el diámetro del Sistema Solar. Era muy
plano, y parecía tener un hueco en el medio. Y si
bien no se detectaron planetas en su interior, casi todos
los astrónomos interpretaron que lo que se veía
alrededor de Beta Pictoris, era el embrión de un
sistema planetario. Nada menos. Y que el hueco central era
un área donde, probablemente, se estaban formando
planetas, que crecían a medida que incorporaban todo
ese desparramo de escombros cósmicos. El emblemático caso de Beta Pictoris fue
seguido por muchísimos otros hasta nuestros días,
incluyendo los "discos protoplanetarios" observados por el Telescopio Espacial Hubble en
las entrañas de la famosa Nebulosa de Orión.
Todas esas observaciones directas, sumadas a nuevos modelos
astrofísicos, y simulaciones por computadora, permitieron
entender cómo nacen los sistemas planetarios. Y como
nació el nuestro...
Primero, el Sol...
Todo comenzó hace
casi 5000 millones de años. Por entonces, en un rincón
de la Vía Láctea, más cerca del borde
que del centro, una nube de gas y polvo de cientos de miles
de millones de kilómetros de diámetro -como
tantas otras que salpican e integran los brazos espiralados
de la galaxia- comenzó a contraerse por acción
de su propia gravedad. Pero parece que hubo algo más:
teniendo en cuenta la relativa abundancia de átomos
pesados (carbono, oxígeno, nitrógeno, magnesio,
hierro y otros), los astrónomos sospechan que aquella
masa primigenia fue enriquecida por los elementos químicos
lanzados al espacio por una supernova relativamente cercana
(la explosión de una estrella enorme que, a lo largo
de su vida, fue forjando esos elementos en su núcleo).
Supernova que, de paso, y mediante ondas de choque, ayudo
a acelerar la contracción de aquella masa de gas
y polvo. Durante cientos de millones de años, esa nube siguió
contrayéndose más y más, tomando lentamente
la forma de un disco en veloz rotación. En la zona
central de ese disco, y como resultado de la contracción,
la presión y la temperatura fueron aumentando sin
parar. Hasta que, pasados unos 400 a 500 millones de años,
ese núcleo infernal fue tomando una forma más
o menos esférica: era el embrión de nuestra
estrella, o el "proto-Sol" (como lo llaman los
astrónomos). En cierto momento, cuando la temperatura
interna de ese embrión estelar superó los
10 millones de grados, el hidrógeno comenzó
a fusionarse en helio. Y entonces si, se encendió
el Sol. Una maquina gravitatoria que funciona a la perfección
desde aquel lejano entonces, "quemando" su propio
hidrógeno, y bañando de luz y calor a todo
el Sistema Solar.

... Y luego, los planetas
La estrella recién
nacida dejó a su alrededor un desparramo de materiales
sobrantes. Un colosal disco de restos que se fueron acumulando,
y también diferenciando, hasta formar a los planetas
y sus lunas, los asteroides y los cometas. Los elementos
más pesados y menos volátiles, como el oxígeno,
el magnesio o el hierro permanecieron más cerca del
Sol. Y formaron granos de polvo que, mediante choques y
fusiones, se unieron en piezas sólidas cada vez más
grandes. Primero, eran simples guijarros de silicatos y
metales. Pero luego de algunos millones de años,
esa caliente zona, cercana al Sol, ya estaba poblada de
millones y millones de pesados cascotes, de cientos de metros,
o incluso, kilómetros de diámetro: eran los
"planetesimales". Ni más ni menos que
los ladrillos que terminarían por construir, finalmente,
a Mercurio, Venus, la Tierra (y la Luna), y Marte. Otros materiales pesados quedaron desparramados un poco
más lejos, pero nunca llegaron a consolidarse en
verdaderos planetas: son los asteroides, reliquias rocoso-metálicas
que giran alrededor del Sol entre las órbitas de
Marte y Júpiter. Nada es casual: al parecer, fue
justamente el poderoso campo gravitatorio de Júpiter
el que impidió, mediante continuos "tironeos",
el ensamblaje de los asteroides en cuerpos más grandes.
A propósito de Júpiter: su historia y naturaleza,
y la del resto de los planetas gigantes, fue muy distinta
a la de la Tierra y sus vecinos.
Mundos de gas
La radiación y el
"viento solar" (una corriente de partículas
que el Sol emite en todas direcciones) de la joven estrella
"soplaron" hacia fuera a los materiales más
livianos, esencialmente, el hidrógeno y el helio.
Y fueron justamente esos gases lo que iban a formar a los
planetas externos del Sistema Solar. Sobre este punto los
astrónomos no están completamente de acuerdo.
Más bien, proponen dos modelos diferentes para explicar
el origen de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. El
primero dice que estas moles planetarias se gestaron a partir
de núcleos sólidos (de polvo y hielo) que
fueron atrayendo progresivamente el abundante hidrógeno
y helio que había a su alrededor. La otra explicación
plantea un proceso más rápido, que prescinde
de los núcleos sólidos iniciales, para plantear,
directamente, un escenario de veloz contracción de
los gases, hasta formar aquellos enormes mundos (que, de
todos modos, esconden núcleos sólidos). Sea como fuere, hay algo que está claro: al igual
que los planetas sólidos, los gigantescos planetas
gaseosos están donde están, y son como son,
por culpa de la distribución inicial de los materiales
en torno al Sol recién nacido. Y como veremos a continuación,
lo mismo ocurrió con los helados munditos aún
más lejanos.

Fronteras de hielo Más allá de los planetas gigantes, y debido
a las bajísimas temperaturas (del orden de los -200ºC
o menos), otros gases "soplados" hacia fuera
por el Sol (y sobrantes de su formación) terminaron
por congelarse, formando un inmenso desparramo de pequeños
cuerpos helados. Allí está el ahora "planeta-enano"
Plutón, y cosas que se le parecen, como Quaoar,
Varuna, Ixion, Sedna y el propio Eris (aún
más grande que Plutón). Todos más allá
de la órbita de Neptuno, y formando, junto a otros
millones de bolas de hielo, el "Cinturón
de Kuiper". De allí vienen, justamente,
los cometas de "período corto" (aquellos
que tardan menos de 200 años en dar una vuelta al
Sol), como el Halley, probablemente lanzados hacia
el interior del Sistema Solar por interacciones gravitatorias
con sus vecinos. Otros cometas (los de período largo),
vienen de la "Nube de Oort", una suerte
de gigantesca cáscara esférica -formada por
miles de millones de pedazotes de hielo- que envuelve a
todo el reino solar. Y cuya "pared" interna
está cientos de veces más lejos que el "Cinturón
de Kuiper". Hoy en día, esa cáscara
de escombros helados, restos vírgenes de aquellos
lejanos tiempos de los orígenes, marca el límite
material formal de nuestro Sistema Solar. Una masa de gas y polvo que colapsó hace 5000 millones
de años, forjando en su centro masivo y caliente
a una estrella. Y a su alrededor, un tendal de materiales,
diferenciados según las distancias, que fueron dando
origen a planetas rocoso-metálicos, asteroides, enormes
planetas gaseosos, y una multitud de pequeñas bolas
de hielo. Así nació el Sistema Solar. Así
comenzó su historia. Una historia más, entre
tantísimas otras historias posibles de estrellas
y planetas, que existieron, existen o existirán en
el universo. |